Me acuerdo como si fuera ayer mismo del día en que Sergio Ramos debutó con el Madrid. Salió en la segunda parte de un partido contra el Celta, en el Bernabéu, el segundo partido de la Liga 2005–2006. Yo acababa de cumplir 17, empezaba segundo de bachillerato. Como iba fatal en inglés, y en algunas otras cosas, ese verano me apuntaron a clases particulares en la academia de Mr. Lambert, un inglés socarrón al que le hacía gracia mi apellido y como todos los ingleses que vienen a pacer a España, lo relacionan con el golf: oh, Valderrama, tu familia…


Acabar una porción importante de una novela, al menos en su primera escritura, cansa, tanto más a un espíritu ruin en el esfuerzo como es el mío. No hay satisfacción (no puede haberla, es un material que todavía está muy en bruto, algo que hay que pulir y que sabe Dios cuándo estará presentable) sino alivio: una cosa menos. Además, para un escritor sin editor, escribir algo así, algo con intención de ser publicado y ojalá, leído, sabiendo que es bastante probable que no se publique nunca, la tarea se torna aún más íntima e incluso mística: es como torear…


Todo lo que contiene la primavera. El aire preñado. La tierra de los campos recién labrados, roja como la pared de una casa de putas de Pompeya. Una golondrina que me persigue volando en círculos alrededor de mi bicicleta. Unas manos llenas de nudos que injertan una vid. El mar brillando como un diamante. Un gato del color del azúcar cruzando delante de mí con un ratón en la boca, todavía vivo, y otro del color de la canela desjarretado a la vera del camino, entre la tierra revuelta por una azada. Clavellinas naranja Aperol, gordas como dedos de marinero…


Ayer por la mañana, muy temprano, vi un gato muerto. Estaba en el arcén de un camino por donde sólo transitan hombres de campo. Era un gato joven, casi por completo adulto, de un hermoso color canela que contrastaba con el verde vivo de la hierba sobre la que reposaba, y con el gris plomo del asfalto herido. Me fijé en sus ojos. Eran dos bolitas vacías y opacas que miraban al cielo preguntándole por qué. Sentí mucha pena pues ese animal majestuoso y ágil, que hasta hacía pocas horas exploraba el mundo fascinado por el misterio de las cosas…


Ayer me levanté con resaca y fui a beber agua. Dejando caer el chorro helado por mi garganta alcancé a comprender la semejanza entre el búcaro y la cúpula de Santa Sofía. La bóveda luminosa que soñó Justiniano mantiene fría el agua que nos hace creer en la vida. Del mismo modo, la luz de Dios que ilumina el espacio etéreo contenido en ese Universo en miniatura que cuelga del techo de Constantinopla nos abre el buche a la vida líquida que se derrama del poculum de arcilla. Son sensaciones, impresiones vívidas que dejan su huella en la película de…


Siempre he preferido el 5 al 6 de enero. La víspera, que por naturaleza concentra toda la expectación, toda la ilusión que cabe dentro del pecho. El 6, los Reyes ya han sido. Fueron. El 5, están por venir. Vienen. Serán. La diferencia es tan notable que en ella palpita la vida. Hoy mientras apuraba el café, no sé por qué, me vino a la mente la imagen de mi abuelo. No soy capaz de recordar con precisión qué año o cuántos tenía yo, pero sí que fue la tarde-noche de un día 5 de enero. Yo estaba en casa…


Se ha muerto Gérard Houllier. Tendría cien años, por lo menos. Es uno de esos tipos que ya estaban ahí cuando Dios se inventó el mundo. Lo recuerdo con la cara de cualquiera de los paisanos que se congregan todavía desde las once de la mañana, todos los días, en las tascas de mi pueblo, a beber vino y a pudrirse en silencio. Además de ser uno de los nombres de mi fútbol, o sea, del fútbol del que alimentaba con fruición mi imaginación cuando era un niño, tengo una historia curiosa con Gérard Houllier. En realidad es una tontería…


Esta correspondencia conmigo mismo empieza desde hoy a tener sentido, pues, stricto sensu, inicio el trabajo de la novela que da título a este dietario. Subrayo algo de una carta de Joseph Roth a Stefan Zweig, del “primero de abril” de 1930, escrita en Berlín:

“Temo mi propio desaliento”.

Hoy no pienso acercarme a las alocuciones matutinas de Federico Jiménez Losantos, puede que terminara amenazando a los transeúntes por la calle con una botella de cristal rota en la mano. Necesito el mecimiento suave y grave, la sabiduría serena de Albiac, por ejemplo.


Llevaba sin escribir aquí desde junio de 2020. Menuda idea brillante para un dietario, ciertamente, la de no escribir. Se me acaba de ocurrir que podría inventarme el primer dietario en blanco de la Historia del mundo, a lo arte conceptual: el Duchamp de los dietarios. Pero es que desde junio han pasado muchas cosas. Resulta asombroso descubrir cuántas cosas pueden pasar en tres meses, en tres semanas, en tres días, en tres horas. Y hasta en tres minutos. Un segundo, igual que una habitación, contiene el universo. Eso también lo he descubierto.

En estos tres meses he leído muy…


Hace ya más de una semana que no escribo una letra de la novela y sin embargo no recordaba tener tantas y tan vivas ideas desde hacía mucho tiempo. Mi mente está ágil, fresca; respira con intensidad el aire penetrante de la mañana, cargado con el maravilloso perfume de los días nacientes del verano. Es, sin duda, un buen momento. Es un gran momento. El mundo está espléndido, sólo hay que verlo, sólo hay que observar. Se abre a la vida con vehemencia. Esta tarde me asaltó por casualidad un dato que en otro momento me habría estremecido: hace hoy…

Antonio Valderrama

Estoy escribiendo una novela y tengo un blog. https://cartasdelmediodia.com/

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