Esta correspondencia conmigo mismo empieza desde hoy a tener sentido, pues, stricto sensu, inicio el trabajo de la novela que da título a este dietario. Subrayo algo de una carta de Joseph Roth a Stefan Zweig, del “primero de abril” de 1930, escrita en Berlín:

“Temo mi propio desaliento”.

Hoy no pienso acercarme a las alocuciones matutinas de Federico Jiménez Losantos, puede que terminara amenazando a los transeúntes por la calle con una botella de cristal rota en la mano. Necesito el mecimiento suave y grave, la sabiduría serena de Albiac, por ejemplo.

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