Cuando tenía tiempo y las mañanas libres no escribía, ahora que no puedo escribir por las mañanas siempre pienso que me dedicaré a ello por las tardes pero tampoco puedo. Uno de los descubrimientos más desasosegantes que he hecho en los últimos tiempos es el de la incompatibilidad del trabajo físico con el intelectual. Esto, unido a mi pereza congénita, resulta demoledor para mis aspiraciones. Al menos puedo disfrutar engolosinándome con algunas menudencias que me regala la belleza poliédrica del mundo.

Cuando llego al campo por la mañana, hay una abubilla haciendo guardia sobre el grueso cable negro de la luz que hay sobre el portón. Mi presencia le molesta y se abate hacia el suelo quejándose como un viejo, luego levanta el vuelo otra vez y elige la copa de uno de los pinos jóvenes que planté hace veinte años. Desde allí me observa al entrar con gesto displicente y yo le miro la corona parda y envidio el modo en que la alza hacia el cielo, ufano, rey. Todo el mundo es suyo.

Más tarde, según avanza el día y el sol asciende, el cielo suele limpiarse aunque nunca está tan bonito como cuando en la primera hora de la mañana las nubes parecen vellones de lana colgados del firmamento. Sigue haciendo frío al principio del día, hemos sido benditos por un principio de verano de Poniente. Me gusta escribir los nombres de los vientos así, con mayúscula, porque por supuesto son entidades con personalidad muy real que influyen en el humor de las personas y pueden provocar terremotos sociales según confluyan con otras entrópicas circunstancias. Quien niegue esto es un mendrugo y está profundamente equivocado.

También me suelo entretener viendo a los gorriones saltar por entre los restos de las brevas, tímidos como quinceañeras y pertinaces como hormigas. Son como balas de plata lanzándose en vuelos cortos de aproximación. Una vez me quedé embobado observando cómo salvaba uno una valla, elevándose como un avión para luego plegar las alitas grises y planear en línea recta, abriendo con majestuosidad de nuevo las extremidades emplumadas para llenarlas de aire y seguir planeando hacia la línea del horizonte. Fue un momento de gran belleza. Las brevas van cayendo de las larguísimas ramas de una higuera que tiene diez años más que yo haciendo plof, plof. Es un bombardeo sistemático, como si una mano invisible las fuera arrancando del árbol. Revientan contra el suelo y se transforman en pasto para las hormigas y en abono para la grama. Los gorriones picotean de entre esa blandura corrupta y amarillenta que se desgrana por entre las briznas de la hierba y los más audaces levitan hasta las copas y van a darse un festín. Allí se quedan las que mi padre no sube a coger, por pereza y porque ya es algo viejo y no puede. Yo me subía hace veinte años, lo recuerdo bien, era ágil como un mono aunque tenía vértigo, pero ahora soy pesado, lo noto, voy a cumplir treinta y dos años y no he estado en peor forma en toda mi vida, aunque no obstante tampoco me iba a subir de todas formas: sólo pondría mi físico en riesgo por los higos chumbos, pero ya hace mucho que murió mi abuelo, quien me enseñó a arrancárselo a las tunas. Y de todos modos no tiene importancia porque las mismas chumberas se están muriendo, casi no queda ninguna.

De vez en cuando entran en la caseta un par de golondrinas que hacen nidos en los ángulos y como no cejamos en encharlas, han acabado trasladándose hacia las copas más altas de los eucaliptos más fuertes. Me gusta contemplar su vuelo en apariencia anárquico, a veces temo que se vayan a estrellar contra una pared o contra mí mismo cuando voy en moto por el camino. Me gusta imaginar que como los delfines y los grandes cetáceos y también como los aviones comerciales, las golondrinas siguen rutas invisibles trazadas hace miles de años por sus ancestros. Estaría precioso atarles una de esas luciérnagas fugaces como las que usaba Picasso para dibujar en el aire, quizá así descubriríamos la manera de llegar hasta algún tesoro muy antiguo que permanece escondido en alguna anfractuosidad tapada por un cañaveral enorme. Las golondrinas ocupan el aire, el césped es para los mirlos, que me recuerdan a los cuervos. Hay algo de astucia en el modo en que se desplazan a pequeños brincos, tan poco asustados del hombre como las palomas, sólo temerosos del gato canela que muy de vez en cuando, se deja ver junto al invernadero, con su languidez felina y su caminar aristocrático de dux veneciano.

Mañana tengo la mañana libre y puedo escribir, pero conmigo siempre pasa lo mismo, si yo fuera un bar colgaría sobre la barra ese azulejo tan gracioso, el de hoy no se fía, mañana sí.

Estoy escribiendo una novela y tengo un blog. https://cartasdelmediodia.com/

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